Amelia. Parte I: Amelia.

Año 2692.

Sombría, huraña, solitaria y huidiza una sombra de baja estatura, postura encorvada y aspecto fantasmal, vagaba entre las enormes instalaciones de su gigantesco y abandonado hogar espacial. Esa fantasmagórica figura se deslizaba lenta, cautelosa y tímida por las diferentes salas, almacenes, habitaciones, pasillos y cámaras del buque espacial Amelia.

La figura, aunque a primera vista pudiera considerarse un ser salvaje, bárbaro, de pocas costumbres y alejado de cualquier otro humano de su generación, era en realidad, la única habitante de aquella inmensa nave, y la última humana del universo.

Ajena a toda responsabilidad como última y única representante de la decadente especie humana, esta chica, del mismo nombre que su protector hogar, no era consciente de su situación en el universo. Y ciertamente, si comenzara a listar las cosas de las que era ignorante, no darían crédito a lo que pudieran leer.

Y es que ella no era la culpable de nada de lo que estaba ocurriendo, mas, sencillamente, era la víctima, la última víctima de su propia naturaleza.

Con cautelosa timidez, Amelia se adentró en un largo pasillo que aguardaba a su final una puerta, que aunque automática, permanecía a medio cerrar. Al acercarse a la puerta, se abrió el lado todavía funcional de la misma, y Amelia se echó para atrás, pensando que quizás ya no estaba tan sola como creía haberlo estado. Tras unos silenciosos segundos, la puerta se volvió a cerrar, y aún más aterrorizada, echó a correr en la dirección contraria.

Pero al llegar hasta el otro lado del pasillo y encontrarse de nuevo sola se percató de que realmente lo estaba. Así que, ahora con un ritmo más firme y seguro, se volvió a acercar a la puerta medio cerrada, y tal y como esperaba, ésta se abrió. Aún con un poco de miedo, Amelia guardó su lugar, y observó a la sala del otro lado. Pero al quedarse quieta demasiado tiempo, la puerta volvió a cerrarse. Amelia volvió a acercarse, y la puerta otra vez se abrió. Ahora comprendía que era una simple y sencilla ley de la causa y efecto, aunque no podía comprender qué movía a la puerta.

Temerosa de que al otro lado pudiera aguardarla algún ser hambriento, pero impulsada por la tan humana curiosidad, de un felino salto se adentró al otro lado. Con toda la velocidad que pudo conseguir de si misma, torció su cuerpo, y descubrió que, efectivamente, estaba sola.

Aliviada, acertó a enderezar la postura y volver la vista adelante. En el momento, justo en frente de ella, una inmensa y colosal pantalla azul marcaba un enorme número de siete dígitos, que disminuía progresivamente, a un ritmo moderadamente rápido.

Extrañada, Amelia se acercó a la pantalla, que permanecía impasible ante ella, volcada en su cuenta atrás. Amelia no podía negar que aquello le resultaba familiar. No podía negarlo, pues a los siete meses de desarrollo, se le colocó, en su aún pequeño cerebro, el implante que tan bien había funcionado con anteriores humanos Beta de prueba para la obtención de colonos eficaces: el implante de desarrollo.

Intentó contar la suma total de los números en la pantalla. Pero se le antojaba difícil, debido al constante cambio de los mismos, el último número no permanecía más de cuatro segundos en su posición y otro lo sustituía, pero el esfuerzo invertido en ello, hizo aflorar los conocimientos implantados en su cerebro, y que durante su estadía y soledad en la nave había perdido de no practicarlos.

Finalmente, no sin otro pequeño esfuerzo, consiguió identificar el número como 1.220.034.

Un poco fatigada, pero contenta por su logro, dió un paso adelante hacia la pantalla. Unas letras se iluminaron, de forma intermitente, debajo del número. Las letras también le resultaban familiares. Y otra vez, haciendo florecer sus implantados y también olvidados conocimientos, pudo reconocer las letras. Aunque con eso no bastaba, pues comprendió que aquellas letras que ya había identificado formaban grupos, y que esos grupos formaban otro grupo con un significado.

Aquello se antojaba ahora como un juego, donde reto tras reto la dificultad aumenta. Pero ahora era un reto realmente serio. Se trataba de hacer aflorar los conocimientos de un idioma, de un lenguaje, que nunca en toda su vida había practicado, y que sólo conocía debido al implante de desarrollo.

Pero sin más dilación, se puso a ello. Primero intentó averiguar los grupos de letras. Y funcionó, pues tras unos lentos y agónicos minutos para su mente, consiguió identificar los grupos de letras como palabras. El primer grupo era la palabra: “Atención”. El segundo grupo era: “Distancia”. El siguiente: “Para”. Y el último:”Impacto”.

“ATENCIÓN: DISTANCIA PARA IMPACTO”

Era lo que rezaba el mensaje bajo la cifra, que disminuía a una velocidad regular. Nada más terminar de identificar los grupos de letras, Amelia comprendió el significado de la frase.

 

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