Amelia. Parte II: Amaya.

Año 2690.

El ojo de buey de aquella nave de salvamento era lo único que los mantenía con vida.

Amaya y la tripulación del buque Amelia ya no tenían salvación. En aquella nave de salvamento no llegarían a ninguna parte y tampoco durarían demasiado. Estaban condenados.

Ella contemplaba a través del grueso cristal de la escotilla al buque Amelia, que se iba alejando poco a poco, atraído, absorbido por la gravedad de una gigante roja. Convertido en un cadáver gigante, un cadáver que tardaría tres largos y agónicos años en incinerarse.

En ese momento de desesperación buscó en el espacio a Kepler-62. Por un momento le preocupó que la alta luminosidad de la gigante roja le impidiera verla, pero por suerte Kepler-62 estaba fuera de su umbral.

Mientras contemplaba a aquella no tan lejana estrella pensaba en que ya nada servía para algo, y que nunca más un solo humano volvería a existir. Volvió la vista hacia el Amelia una última vez. Habían estado tan cerca de llegar a su salvación, sólo 20 años hasta Kepler-62f.
No podía creerlo, habían pasado menos de 60 años desde la invención del motor de salto, y muy poco tiempo desde que la especie humana hubiera puesto sus esperanzas en el Amelia. Casi podía tocar a sus padres cuando les dijo que estaba destinada en el Amelia, casi podía beber la cerveza de aquella última noche en órbita. Todo estaba tan nítido que no podía ser verdad, pero sus recuerdos se comenzaron a nublar, opacados por la silueta del buque.

Amaya puso su mano sobre la funda de su revolver sónico. Miró con rabia al capitán Derri. Para ella el Capitán era la culpa encarnada.

El Capitán permanecía imbuido en su propio remordimiento, ajeno al resto de la tripulación.

-Nos ha condenado a todos -le dijo al Capitán.

El Capitán no le respondió.

-Usted sabe muy bien que aquí dentro no vamos a llegar a ningún sitio.

La indignación de Amaya superaba todo el control que podía ejercer sobre ella misma. Tampoco podía creerlo. Jamás en su vida habría imaginado que llegaría a ver al mayor asesino de la historia. A aquel que extinguiría a toda la especie humana.

Darri siguió sin responder.

Enfurecida por la indiferencia del Capitán, desenfundó el revolver.

Toda la tripulación se quedó impresionada pensando que dispararía al capitán con el.

Delia vio a Amaya y se apresuró hacia la otra esquina de la congestionada nave.
Pero Amaya no apuntó al Capitán, apuntó hacia la escotilla. En ese momento, en que el cañón de su revolver apuntaba hacia las estrellas, Delia le dio un fuerte golpe en la nuca que la dejó dormida, pero en la nave no había suficiente espacio para que se derrumbara en el suelo.

Entonces, el agotado y rendido cerebro de Amaya comenzó a recordar cómo había sucedido todo.

El día anterior se levantó con el sonido de su alarma y durante toda la mañana no hizo nada distinto a lo que no hubiera hecho todos los días durante los últimos dieciséis años, a excepción de un minúsculo detalle.

En su descanso fue a ver a Daun, y sin darse cuenta apoyó su caliente café encima de la mesa interactiva de Daun, y esta absorbió el calor. Sus circuitos de grafeno se desvirtuaron y la causalidad se encargó de convertir ese ligero evento en una catastrófica desdicha, pues la mesa ya no pudo operar con eficacia. La casualidad también se encargó de agravar la situación, pues quiso que fuera Daun el operador en jefe de la trayectoria. La navegación del buque fue incapaz de calcular adecuadamente la trayectoria de la nave y para cuando el error había sido identificado y reparado, el Amelia ya había sido atrapado por la estrella gigante que circundaba.

Sin haberse dado cuenta, Amaya había sido la culpable de aquella tragedia. Había sido ella quien había destinado a la humanidad. Ella era la ignorante causante de la desgracia y no el capitán Darri.

Como tantos otros de su especie, su inconsciencia y la despreocupación sobre los efectos de sus actos había resultado fatal para ella misma y para todos sus congéneres.
La humanidad, esa especie que se mata a si misma, esa especie que no necesita un depredador natural, pues ella misma es capaz de infligirse la destrucción.

Ignorando también las consecuencias de sus actos, Delia se despreocupó de Amaya, aliviada por haber salvado la vida, sin saber que su golpe había sido tan certero y preciso, que en el interior del cráneo de Amaya, un pequeño hilo de sangre comenzaba a mojar su cerebero.

 

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