Amelia. Parte III: Amos.

Año 2674.

Sobre Londres se alzaba una espesa y grisácea masa nubosa. Llevaba allí más tiempo del que Amos podía recordar, e incluso su ahora fallecido abuelo no recordaba un Londres sin la nube.

Amos se sentía ahora libre. Toda su vida la había pasado lleno de miseria y de pobreza. Desde que nació había sido criado por su abuelo, el cual era su único familiar. Toda su vida había estado atado.

El mundo de Amos no era para nada algo que un humano pudiera querer. Al contrario, su mundo era duro, su mundo era ruin y mísero. Vivir en ello planteaba un reto, no solo por la propia dificultad para hacerlo, sino por que esto te obligaba a plantearte tu existencia. Debías estar muy seguro para querer seguir viviendo en ese ambiente.

Amos ya había tomado una postura. Él estaba seguro de que eso no era para él. Pero su abuelo no era igual. Él era duro, un tipo rudo que había vivido sus cincuenta y seis años luchando a cada segundo, y no aceptaba la rendición. Para él sólo existía una opción: seguir adelante.

El estilo de vida de su abuelo Dibad obligaba a Amos a aparcar sus preferencias y mantenerse en el mundo, acompañando a su ya moribundo abuelo, el cual se negaba a dejar la vida.

Amos aguantó sabiamente. Durante cuatro años lo mantuvo, pues ya no podía seguir por su propia cuenta. Le devolvió todo a Dibad, el cual había volcado mucho tiempo y esfuerzo en su nieto.

En su mano todavía podía sentir el calor de su abuelo. Ahora muerto. Parecía dormido.
Triste y nostálgico, se levantó de la cama y salió de la chabola que desde niño había conocido.
Durante un momento quiso tomar el aire, respirar profundamente y sentir la libertad, pero no fue así.
La densa humedad del ambiente no le dejaba despejarse, y el aire tan cargado llenó sus pulmones tan insanamente que no consiguió aguantar la tos.

Pasado el primer mal trago miró a la nube, en busca de un poco de libertad.
Pero no había libertad en ese mundo. Todo parecía diseñado para oprimir y para aplastar a la libertad.

Amos recordó que ya no existía la libertad. Que había muerto con el gas, que la habían matado la guerra, el petróleo y todos esos barcos hundidos con tantas toneladas de crudo, que la habían matado el consumo desenfrenado y la explotación laboral. Había muerto con la crisis y había sido hundida en el fango de la guerra. Si quedaba libertad no era para él.

Por su clase le tocaba pagar las consecuencias de lo que él no había hecho. Le tocaba sostener a la sociedad y le tocaba mantener a aquellos cuyos bisabuelos sí habían tenido la culpa.

Amos recordó entonces todo lo duro, todo lo malo, y recordó que la única libertad que quedaba ya no estaba en la vida. La libertad estaba en la muerte. Amos recordó que quería morirse, igual que lo había hecho su abuelo.

Siguió contemplando la nube un poco más, y no pasó demasiado hasta que, en medio de la espesa bruma gris, una potente luz azul apareció. Se preguntó qué eran esas luces. Hacía ya mucho que no las veía, por lo menos once años que no las había visto. Su abuelo le dijo que eran los motores de salto de los buques espaciales de la armada británica. Su abuelo cuando era chico había visto muchas de esas luces, se habían inventado hacía poco y todavía seguían en pruebas.

Amos se cansó de contemplar la luz y pensó en volver hacia dentro para poder morirse. Pero entonces un zumbido agudo e irregular comenzó a sonar. No podía verlo, pero reconocía el sonido. Sabía que eran los cazas de altura chinos. Había pasado mucho tiempo ocultándose de los bombardeos chinos, sabía qué sonido hacían.

Entonces apareció también el sonido de los cazas británicos, más grave y estridente.

Una serie de explosiones rojas y azules iluminaron el cielo por encima de la bruma, mientras la luz del Amelia se intensificaba. Estaba preparando el salto espacial, pero aún no habían desarrollado suficiente empuje.

Por primera vez en su vida Amos vio el otro lado de la nube. Mientras los pedazos de los cazas chinos y británicos se abrían paso en su vertiginosa caída, abrían huecos en la nube antes de impactar. Los más pequeños se desintegraban antes de llegar tan bajo, pero los más grandes tardaban en consumirse, y muchos llegaban a la superficie.

La batalla se intensificaba. Los chinos no conocían el propósito del Amelia, pero la guerra es la guerra, y todo enemigo ha de ser destruido.
En el puente mayor el Capitán Derri esperaba impaciente a que el empuje fuera mayor poder realizar el salto. Mientras, contemplaba en su mapa a tiempo real la posición de los cazas que luchaban fuera.

Un caza chino reclamó su atención, volaba directo hacia el puente, esquivando a los cazas británicos que se le acercaban. Fue herido por uno antes de acercarse al perímetro del buque. Y estando a pocos metros soltó una carga antibuque, una pequeña Bomba H diseñada para reventar en el interior de la nave.
El caza chino reventó en el espacio debido a los daños recibidos, mientras su carga viajaba disparada hacia el puente del Amelia. Un cohete de distracción voló por delante del sensor de calor del antibuque y se alejó en pocos segundos del buque, pero el modelo era antiguo y su sensor estaba estropeado. Fue inútil.

Varios cazas se cruzaron en su camino pero ninguno logró recibir el impacto por el Amelia.
Entonces la luz verde de salto se encendió y Derri no perdió un segundo en desaparecer de allí.

La carga se estrelló contra un último caza británico y en su esférica explosión destruyó todas las naves que quedaban allí.

Sobre el suelo de Londres Amos contempló cómo la luz azulada del buque se tornaba blanca y desaparecía. Los restos de los cazas hicieron una pausa y Amos pensó que todo había acabado. Pero cuando agachó la cabeza notó que la luz había disminuido, volvió a mirar hacia arriba y vio una enorme bola en llamas, cayendo precipitadamente sobre su cabeza.

 

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