Injusticia

Mensaje del autor:

Este texto lo escribí con 12 años más o menos. Fue de las primeras cosas que escribí, por lo que les ruego perdonen los fallos que pueda haber. Disfruten.

Yo estaba con mi madre, en la bolera donde ella trabajaba. Mi padre estaba fuera, trabajando también, y me tenía que quedar con mi madre.

Hacía frío en esa época del año. Yo al menos llevaba dos chaquetas. Pero mi madre sólo llevaba el uniforme de la bolera. No era que allí dentro no hiciera frío. No. Allí dentro la temperatura era un poco más suave que afuera, en la calle, pero la diferencia era de uno o dos grados. Recuerdo que ella tiritaba y se frotaba los brazos continuamente.

Esa tarde sólo había tres o cuatro clientes. Sentados en el fondo, en la última pista. Y eran los típicos borrachuzos. Casi que ni jugaban, simplemente bebían, hacían chistes verdes entre ellos y comentaban el frío que hacía y lo mal que iban los “Yankees” esa temporada.
Y cuando mi madre, la pobre, se acercaba a servirles alguna cerveza y algo de picar, esos borrachos hacían los comentarios más inadecuados posibles.
Ella se acercó con una bandeja con cuatro cervezas y un plato de frutos secos. Las dejó, lo más sosamente que pudo, sobre la mesa en la que estaban sentados. Alguien gritó “¡Pleno!” y los demás lo vitorearon un rato. Entonces, cuando mi madre dejó sobre la mesa las cervezas y los frutos secos, todos la miraron con descaro, y alguno se atrevió con un comentario desfasado.

Yo estaba sentada en la barra. Algo alejado de aquellos tipejos. Y estaba garabateando algo que yo creía una obra maestra, sobre un pobre folio en blanco que ella me había prestado. De vez en cuando, alzaba la vista para ver la bolera. Sobretodo la alzaba cuando ella se iba a esa mesa del fondo a servir una cervezas.
En cierto modo, me preocupaba lo que le pudiera pasar a mi madre. Pues, aunque yo era una niña pequeña, sabía bien qué cosas estaban bien, y qué cosas estaban mal. Y sabía que esos tipos de bien tenían poco.

Nosotros eramos pobres. Y nuestra casa, durante esa época (pues íbamos cambiando de casa en casa cada cierto tiempo), era un piso viejo y podrido por todos lados, en algún edificio igual de podrido en medio del peor barrio de la ciudad. Y las otras casas tampoco se diferenciaban mucho. A esa casa yo apenas la veía, pues iba a la escuela muy temprano por la mañana, y cuando salía iba con mamá a la bolera dónde ella trabajaba. Luego, cuando casi era de noche, y papá volvía de su trabajo, solíamos quedarnos en esa bolera a cenar algo que mamá robaba del almacén y nos íbamos a casa a dormir.
Mi madre robaba comida de aquella bolera. Pero nunca nadie se atrevería a acusarla de ladrona. Pues ella robaba la comida más necesaria, más barata y menos correosa del almacén. Solían ser una bolsa de patatas, caducadas hacía una semana, una lata de alguna bebida barata, y de postre un helado para mí.
Y eso era la cena.
En la escuela me daban de comer, así que, yo no sabía qué comían mis padres. Y a veces, tenía la sensación de que ellos no comían nada. Y puede que fuera cierto.

Mi padre siempre iba haciendo “cosas” por ahí. Casi nunca me decía qué cosas eran. Y sólo se las decía a mamá cuando yo no estaba, o no podía oírlos.
Y mi madre, aunque trabajaba doce horas cada cinco días en esa asquerosa bolera, apenas ganaba lo suficiente como para mantenernos viviendo en esa sucia, putrefacta y pequeña casa.

Yo no me crié con muchos lujos. Cuando era pequeña la ropa me solía durar dos años. Y cada dos, me compraban algo nuevo. Unos zapatos, una chaqueta, y con suerte, un par de pantalones. El resto era ropa prestada, regalos de algunos amigos, y de la caridad. Los juguetes lo mismo. Pero de los juguetes nunca me quejé. Pues yo sabía que los juguetes eran algo que hacían sangrar a mis padres, y yo no quería hacerles eso por un simple capricho mío. Aprendí a conformarme con su amor, y a valorar su esfuerzos por mantenerme.
Aunque eso lo aprendí con el tiempo.

Cuando era más pequeña, una de las primeras cosas que recuerdo, es ver a mi madre acomodándose el pelo antes de salir de casa. Y yo le pregunté:
-Mamá. ¿Es cierto que nosotros no somos de aquí?
-Tú si eres de aquí. Pero papá y mamá no. Papá y mamá no, cariño.
Y ahí pierdo el recuerdo de ese momento.
Mis padres eran inmigrantes, no sé si legales o no. Pero lo eran.
Vivíamos en Nueva York, Estados Unidos. Y yo nací allí. Pero mis padres nacieron en México. ¿Dónde? No lo sé. ¿Cuándo? Tampoco lo sé.
Y eramos muy discriminados por eso. En aquel entonces, no eran muy bienvenidos los forasteros. Pero yo no podía cambiar mis orígenes, ni negarlos. Era algo con lo que debía cargar.
Mis padres no me contaron mucho sobre eso. Pero yo tampoco quería saber más.

En la escuela, al principio, muchos niños me miraban con cara rara, y se negaban a compartir nada conmigo. Y durante mucho tiempo tuve que soportar eso. Luego terminé casi por acostumbrarme.
Yo sacaba buenas notas. Siempre por encima del ocho. Y tanto papá como mamá se alegraban siempre mucho por eso.
Yo lo hacía porque sabía que al igual que ellos se esforzaban siempre por mí, pues yo tendría que hacer algo también por ellos.
Y, en resumen, en la escuela (a pesar de la discriminación) me sentía a gusto, pues todos los profesores me sonreían siempre que me veían. Y mis amigos, los pocos que tenía, me pedían consejo para sacar buenas notas, y siempre me felicitaban por mi maravillosa mente. Pero no era que yo tuviera un prodigio de cerebro. Sólo era mi increíble fuerza de voluntad.

Ese día, en el que yo estaba en la bolera con mi madre, dibujando sobre un folio, y observando a los borrachuzos de la última pista de reojo, todo cambió, para siempre.
Era un viernes. Al salir de la escuela me pasé varias horas en la bolera, seis o siete. Pero no me importaba, estaba acostumbrada a hacerlo. Era normal.
Pero cuando pasó la barrera de las ocho horas, y mi padre todavía no había llegado, me empecé a preocupar.
-¿Va a venir papá? -le dije a mi madre.
-Sí. Va a venir -respondió ella. No parecía creerse lo que me había dicho.
Entonces seguí dibujando otra hora más. Y luego llegó.
Ya no había nadie en la bolera. Esos borrachuzos se habían ido a otro sitio, y aquel lugar parecía abandonado.
Mi padre entró atropelladamente, casi tirándose sobre la puerta de la bolera, parecía borracho. Pero sólo lo parecía, porque mi padre nunca se ponía borracho. Yo nunca lo ví borracho.
Cojeaba de una pierna y le sangraba. Por detrás un coche salió corriendo a toda prisa, haciendo chillar las ruedas.
La imagen me paralizó, y me quedé ahí, donde yo estaba, asombrada e impactada.
-¿Qué te ha pasado? -dijo mi madre mientras corría apresuradamente a por él, antes de que se cayera al suelo.
-Nada, no ha sido culpa mía -dijo él.
-¿A qué te refieres?¿Qué te ha pasado? Por favor, cuéntamelo -dijo mi madre.
-Luego te lo digo. Pero no aquí -dijo él señalándome con la mirada.
-Está bien -respondió ella.
Yo estaba ahí, como me había quedado cuando lo vi entrar. Yo esperaba ver entrar a papá con algo en la mano, algún regalo para mí. Sabía que era difícil, pero, soñar es gratis ¿no?
Pero en lugar de eso, lo vi entrar con la cara sudada, su ojos reflejaban el terror, y con esos ojos me miró unos segundos, igual de sorprendido y asustado que yo.
Y así, a punto de echarme a llorar y gritar como una loca, me quedé.
Pero no me eché a llorar ni a gritar. Yo era una niña fuerte y creo que sólo había llorado cuatro veces en toda mi vida. Todas ellas siempre estaba papá para consolarme y decirme: “Shh. Tranquila, ya pasó todo”. Pero esta vez, él estaba cojeando, con la pierna llena de sangre, sudando, y atemorizado.

Mi madre lo llevó hasta el almacén, y allí ella hizo uso de sus conocimientos de enfermería para sanarle el agujero que el disparo le había dejado. Nunca me dijeron que era un disparo, y no lo supe en el momento, pero a medida que fui creciendo, me di cuenta de que había sido un disparo.
Luego discutieron algo. Mi madre dijo:
-¿¡Y qué vamos a hacer ahora!?
-Tranquila -tal y como me decía a mi para tranquilizarme-, mira. No tenemos mucho tiempo, lo que debemos hacer es coger AHORA todas las cosas e irnos rápido. Ya no estamos seguros aquí.
-¿Y adonde quieres que vayamos?
-No lo sé. Pero en cualquier sitio estaremos mejor que aquí. Creeme. Cariño, a partir de ahora la vida nos va a sonreír -respondió mi padre.
-¿Sonreir?¿Es que no ves que te han disparado en la pierna por esto?¿No ves que has tenido suerte de que haya sido en la pierna y no en la cabeza?¿NO LO VES?
-Tranquila. Tranquila. Piénsalo bien un momento. Ahora podremos vivir como siempre hemos querido. Podremos darle una buena educación a la niña. Y podremos irnos lejos, a Alaska tal vez, comprarnos una buena casa y vivir tranquilos. Eres tú la que no lo ve. Por favor, piénsalo cariño.
Yo no sabía de qué hablaban. Pero la curiosidad me hizo acercarme un poco hasta la puerta del almacén.
-Por dios. Por dios -decía mi madre nerviosamente.
-Piénsalo. Piénsalo bien.
-¿Y qué posibilidades crees que tenemos de salir de aquí antes de que nos pillen?
-Mientras antes nos vayamos mejor.
-Bien. Pues vámonos, ¡ya! -dijo mi madre.
Yo me aparté de la puerta, pero no llegué muy lejos antes de que me descubrieran.
-Cielo… -dijo mi padre-. Ya verás qué bien nos va a ir ahora. Pero, por favor, tienes que hacer lo que te pidamos. ¿Entendido? Tienes que ser una niña buena y hacer lo que papá y mamá te digan. ¿De acuerdo?
Asentí con la cabeza. Sus ojos seguían reflejando temor y miedo. Y exhalaba e inhalaba aire como un loco. Se mantenía apoyado con el brazo izquierdo sobre los hombros de mi madre.
-Bien. ¡Vamos!¡Vamos antes de que nos pillen!
Yo tenía miedo de preguntar de qué huíamos. Y qué ibamos a hacer. Así que me limité a seguir lo que mi padre me había dicho.
Mientras caminabamos, corríamos, hacia la puerta trasera, abandonando la bolera a su suerte, vi que mi padre tenía un bulto en el bolsillo, y que lo sujetaba con firmeza.

Cuando atravesamos la puerta trasera salimos a un callejón de una sola salida. En el callejón habían dos contenedores de basura, y detrás de uno de los contenedores había un coche viejo y destartalado.
-¡Bien! -dijo mi padre.
-¿Sabes puentearlo? -le dijo mi madre.
-Sí. Dame unos segundos.

Entonces otro coche entró, derrapando, en el callejón. Habían dos hombres en él.
-Mierda… dijo mi padre mientras se sacaba el bulto del bolsillo.
Se sacó una pistola del bolsillo, y encañonó al coche con el arma.
-¡Protege a la niña! -le dijo a mi madre.
Ella se echó encima de mí, pero dejó un hueco entre sus brazos, y yo puede ver cómo mi padre encañonaba al coche, sujetando la pistola con las dos manos, disparaba dos veces, con los brazos y el pulso firme, y luego se echaba encima del capó del otro coche viejo.
El que entró en el callejón se estrelló contra la pared del final, rozando los contenedores y a mi padre sobre el coche viejo. No explotó, yo siempre había visto que los coches explotaban y ardían en las películas, pero supongo que eso era mentira, simplemente se estrelló, y nadie salió de el.
-Bien. ¡Vamos!
Rompió el cristal del coche viejo, abrió la puerta. Alguien se asomó por una de las ventanas y gritó:
-¡Eh, gilipollas, ¿qué te crees que estás haciendo con mi coche?!
Mi padre no respondió, se metió debajo del volante y desarmó la tapa. En las películas también había visto que salían muchos cables, y cosas por el estilo, pero sólo salieron cuatro cables, aquello no era ninguna película. Mi padre cortó dos, los peló con los dientes, empalmó uno con el otro, saltaron dos chispas y el coche rugió como un perro.
-Vamos. Suban -dijo.
Mi madre me metió en el asiento trasero, ella saltó sobre el del copiloto, y mi padre se montó el último. Cogió el volante, y dio un violentísimo giro, en el pequeño callejón, algo se soltó de la parte de atrás, y todas las ruedas chirriaron.

Había visto aspectos de mi padre que no conocía para nada. Jamás le imaginé con una pistola en la mano, y mucho menos encañonando a dos personas y disparándoles. Y nunca me dijo que sabía conducir, ni siquiera teníamos coche.

No lloraba, pero sí que tenía miedo. Muchísimo miedo. ¿Qué estaba pasando?¿De qué huíamos? “Mamá, papá, tenéis que explicarme muchas cosas”, tuve ganas de decir.

Mi padre salió de la ciudad a toda prisa. El tráfico de Nueva York tiene fama de ser horrible, pero mi padre esquivaba coches, motos y camiones como si fuera una mosca, se metió en la autopista en veinte minutos, y siguió conduciendo como otras cuatro o cinco horas. Yo me quedé dormida.

Esa noche, desperté en una cama de hotel de carretera. Mi madre dormía a mi lado. Mi padre estaba de pie, al lado de una ventana, mirándome.
La suave luz de un letrero que decía: “CERRADO” en inglés, entraba a la habitación y lo iluminaba a él de perfil, y a otras cosas que habían en la habitación.
Se puso el índice en la boca, y dijo:
-Shh.
Y me volví a quedar dormida.
Luego me despertó mi madre. Todavía estaba oscuro, y serían como las cuatro o cinco de la noche.
-Vamos. Despierta, cariño, tenemos que irnos.
Me llevó hasta el coche viejo, y me volvió a meter en el asiento de atrás.
Mi padre tardó un poco más en volver al coche.
Cuando volvió, se metió a toda prisa, y dijo:
-Mi amor, todavía tenemos un día más.

Yo no supe a qué se refería con eso. Iba para mi madre, y no sé si mi madre sabía muy bien qué pasaba.
-Bien. ¿Qué hacemos ahora? -dijo ella.
-Todavía nos seguirán buscando, pero hay más de seis autopistas diferentes saliendo y entrando a Nueva York. Les tardará tiempo en encontrarnos. Además, la policía todavía no se ha enterado de nada. Y cuando lo haga, no irá a por nosotros, sino a por ellos.
-Uf. Estoy nerviosa, no sé si esto está bien -dijo mi madre.
-Claro que está bien. No le hacemos daño a nadie, es, es como los cuentos de Robin Hood. ¿Te acuerdas? Robar a los ricos para que vivan los pobres. Es lo mismo. Es… es justícia. ¿No estás harta de trabajar como una esclava para cobrar una miseria, de que no podamos darle un estúpido juguete a la niña, de que no podamos permitirnos comer la mayoría de los días y de que tengamos que robar comida de la bolera?¿No estás harta?
-¡Sí, sí que lo estoy! Pero, pero no es de esta forma de la que quiero salir de eso. Yo me crié pensando en el bien y el mal. En que el Señor castiga a los pecadores y ayuda a los bondadosos. Y tú también. Lo que pasa, es que no sé si esto estará bien.
-Claro que está bien. Lo que está mal es que esa gente se harte de robarle a los que trabajan día a día, con sangre, lágrimas y sudor, toda su vida, y que nadie les diga nada. ¿Te parece que eso esté bien?
-No. Pero, ¿está esto bien?
-Sí. Claro que está bien. No le hacemos daño a nadie. A esos ricachones le vendrá bien un escarmiento.
-¿Y dónde está todo el dinero?
-Tengo que ver a un amigo. Está un poco lejos, pero no pasará nada, cuando lleguemos a su casa, estaremos a un tiro de piedra de Canadá, recogemos el dinero y nos largamos a toda prisa, seremos libres. Pero tenemos que darnos prisa.
Mi padre se puso en marcha, estuvo conduciendo durante horas por la carretera. No sé cuándo habíamos salido de la autopista.

-Se llama Phillis. Es buen tipo, lo conozco de hace unos años -dijo mi padre al cabo de unas horas.
-¿Quién, tu amigo?
-Sí.
-Oye, explícame una cosa. Los otros que te han ayudado, imagina que los agarran, ¿no dirán nada sobre los demás, sobre nosotros?
-Los otros dos se fueron del país hace unas horas. Tomaron un avión nada más dejarme a mi en la bolera. Ahora creo que estarán sobre Guatemala. Pensaban irse a México -mi padre rió al decirlo-, pero yo les dije que no durarían ni dos días. Al final cambiaron el rumbo a Argentina. Podrán durar doce horas más que en México.
Mi padre se reía, pero mi madre. No.
-Oh, vamos amor… todo irá bien. No te preocupes, te prometo que todo irá bien.
Mi madre no respondió.

Jeanette cantaba Soy rebelde por la radio.
Mi madre tenía la cabeza tumbada sobre el cristal de la ventana. Entonces, yo miré al espejo retrovisor de su lado, y la vi a ella, y ella me vio a mi.
Tenía los ojos tristes, hundidos en una indecisión, en la preocupación y en el miedo.
Por primera vez parecía haberse acordado de mi en todo el día. Parecía que mi padre y mi madre se habían olvidado de mi.

Aunque la verdad, es que lo entiendo.
Si un día tú estás en una sucia y fría bolera, soportando a los cuatro borrachuzos de turno, mientras cuidas de tu hija pequeña, y entonces llega tu marido con un disparo en la rodilla, jadeando como un perro, sangrando, y te dice que acaba de robarle quince millones de dólares a la mafia junto a otros dos tipos, y que debes dejar todo y irte sin mirar atrás. O si un día se te presenta la oportunidad de ganar quince millones, mientras tu mujer y tu hija viven rodeadas de miseria, violencia y oscuridad, y tienes que soportar día tras día la discriminación y la xenofobia. Tú también te olvidarías de cosas importantes.
No lo entendía en el momento, pero estaba cerca de hacerlo. Hoy sí lo entiendo del todo, pero cuando era niña, no llegaba a entenderlo totalmente.
Luego, cuando fui creciendo, me dí cuenta de muchísimas cosas, mientras los demás de mi edad seguían pidiéndole a sus padres un móvil o ropa nueva.

-Oh… -dijo mi padre-, nos estamos quedando sin gasolina.
Se paró a repostar en una gasolinera, recargó todo el dinero que llevaba suelto en el bolsillo, que no era mucho, y se largó de allí todo lo rápido que pudo.

Pero, cuando salíamos, se empeoró todo.
-¡Oh, joder…! -dijo mi padre. Estaba diciendo más insultos que nunca.
Cuando él dijo eso, yo me dí la vuelta y los vi.
Detrás de nosotros aparecieron dos coches negros, como el que se estrelló en el callejón de Nueva York. Iban muy rápido, pitaban, y los que iban dentro estaban cargando armas. No eran pistolas, como la que llevaba mi padre. Eran armas grandes, de las que disparan una bala con precisión a mil metros y tienen mira óptica.
Mi padre se montó corriendo en el coche, arrancó a toda prisa, y se puso en marcha en menos de un segundo.
Mi madre se abalanzó sobre el asiento de atrás, donde estaba yo.
-Tranquila, cariño, todo va a salir bien. Papá conduce muy bien… -dijo con los ojos inyectados de adrenalina, temor y nervios. Y tenía razón, papá conducía muy bien.
-Tranquila… -repetía, más para ella que para mi.
Me volví a dar la vuelta, o lo intenté. Un fuerte pum sonó, mi padre dio un volantazo, mi madre me cogió del brazo y me tiró sobre el asiento.
-No mires, por favor, cariño, no mires.
-Vale… -dije yo, contagiada de su miedo.
Otro pum sonó, esta vez más cerca, mi padre aceleró más, dio dos fuertes volantazos, el coche se zarandeó, los neumáticos chirriaron muy fuerte, y yo casi me caigo al suelo. Pero mi madre me tenía abrazada, y ella estaba fija, tumbada sobre el asiento.
Dos pum más. Un volantazo más. El coche aceleraba cada vez más, empezaba a vibrar como un tren fuera de sí. Por la ventanilla veía las cosas pasar a más de ciento treinta por hora.
No sé si ese coche podía llegar a más de ciento cincuenta, no sé si hay algún coche que pueda hacer eso, pero mi padre llevó ese coche hasta el extremo. Otro pum, el primero y el único que alcanzó el coche. Dejó un bollo en el techo, pero la bala no lo traspasó y se perdió en la carretera.
-¡Jajaja! El coche es viejo, de los cincuenta, entonces sí que hacían buenos coches. No como ahora… -dijo mi padre.

Desde el asiento de atrás, aparte de la acelerada respiración de mi madre, podía escuchar sus nerviosos jadeos.
Metía los cambios de marchas muy agresivamente. Giraba el volante como si fuera un frisbee y pisaba el acelerador como si tuviera el pie pegado a él.
Pero aún así era bueno. Era muy buen conductor. Seguro que si lo hubieran perseguido veinte pilotos de la NASCAR, y nosotras dos hubiéramos ido con él en el coche, no le hubieran agarrado ni con cinco minutos de ventaja.
-Amor… -dijo él.
-¿Sí? -respondió mi madre.
-Necesito que hagas algo… sino, no nos los vamos a despegar.
-¿Qué?
Otro pum y otro volantazo.
-Voy a hacer que se separen en dos, y que dejen un hueco al medio. Entonces, tú agarras “el hierro”. Yo voy a frenar, y cuando ellos pasen de largo, tú les disparas a los neumáticos. ¿Entendido? No a ellos, a los neumáticos. Y, necesito que apuntes bien. ¿Eh? Apunta bien, por favor.
-Bi… bien -dijo mi madre.
Me soltó, me dejó tumbada sobre el asiento de atrás. Ella se estiró para coger la pistola.
Sonó otro pum, y otros dos. El coche volvió a girar bruscamente, y ella se cayó del asiento.
Cogió rápidamente la pistola, se puso en la ventanilla derecha, sin abrirla, echada sobre el suelo del coche, y con la pared recostada en la puerta.
Se santificó, abrió la ventanilla y me dijo que me tapara los oídos.
Me los tapé, pero podía oír el motor del coche zumbando a toda máquina. Podía oír los neumáticos chirriando y dando vueltas. Los disparos de los coches que nos perseguían. El jadeo nervioso de mis padres. Podía oírlo todo.

Escuché como mi padre aceleraba el coche al máximo, hacía unos movimientos en zigzag sin reducir la velocidad, un coche pasó a lo largo, tocando el clacson y perdiéndose al poco rato.
Luego, las ruedas chirriaron como nunca antes. Con fuerza y sequedad, los otros dos coches derraparon y pasaron de largo. Ví a uno pasar por la ventanilla. Pasó de lado, echando humo. El conductor hacía un increíble esfuerzo por hacer que el coche no volcara. Mientras, otro, subido al techo del coche por un agujero en el, recargaba un rifle casi tan largo como él mismo. Y luego, me apuntaba a mí, pero su coche iba muy rápido, perdió el equilibrio, y intentó recomponer la postura otra vez.
¡Bang!, se cambió rápido de lado. ¡Bang!
-¡Bien. Jajaja, les dí, les dí!
Se escuchó un enorme chirrido, un pum que se perdió lejos y tres o cuatro pram de un coche chocando contra el quita-miedos de la carretera, dando varias vueltas y pasando al otro lado.
-No. No, ¡espera! Al otro no le diste a la rueda…
-¿Cómo?
Y por último un enorme ¡Buum!, muy cerca de nosotros.
-Joder, amor, qué suerte hemos tenido.
-¿Qué pasó?
-Fallaste el otro disparo…
-¿Qué?
-Fallaste. El tirador perdió el equilibrio y disparó dentro del coche, se ve que alcanzó el depósito y explotó.
Mi madre rió, no queriéndose creer que había fallado en algo tan importante-, sí, mucha suerte…

Yo ya no aguanté más. Durante dos días, había soportado ver a mi padre sangrando, a mi madre llorando por dentro, y había soportado disparos, persecuciones y un cambio agresivo de todo. Podía aguantar cosas fuertes, como un disparo o dos, un poco de sangre y que alguien se pase con el coche, pero aquello ya era mucho.
-Oh, vamos, cariño, no llores. Está bien. Está bien -decía mi madre.-Tranquiliza a la niña… -dijo mi padre mientras abría la puerta del coche y estiraba su brazo para coger la pistola.
-¿Dónde vas? -dijo mi madre.
-No pasa nada, ahora vengo. Estoy aquí.
Mi madre lo dejó y me siguió consolando.
Entonces, al poco tiempo, pudimos oír unos cuantos gritos de rabia, acompañados de otros más secos y cortantes.
Me levanté del asiento y miré por la ventanilla. Mi madre hizo lo mismo.
Vimos a mi padre, de rodillas sobre un hombre tirado en el suelo. Al lado del coche que se salió de la carretera.
No sé si el otro hombre estaba muerto o vivo, pero lo estuvo, sin duda, después de la paliza que le dio mi padre.
-¡Hijo de puta! -gritaba él mientras le golpeaba puñetazos repetidamente en la cabeza y el pecho-, ¡intenten volver a tocar a mi familia y les cortaré la verga!¡Se la cortaré a todos, a todooos!
Finalmente, se puso de pie, le pateó la barriga dos o tres veces y la cabeza una última vez. Al recibir su cabeza la patada, su cuello se torció con un horrible crujido. Y no se volvió a mover.
Yo dejé de llorar al mirar la escena. Nunca, en toda mi vida, se me hubiera ocurrido que papá pudiera hacer eso. ¿Realmente, ese hombre que disparaba y conducía tan bien era mi padre?¿Ese hombre capaz de matar, era mi padre? No estaba segura, pero se parecía mucho a él.Mi madre contemplaba la escena como un perro mira mientras otro es atropellado.
Entonces, al notar que yo había dejado de llorar, me miró.
Me abrazó y empezó a sollozar, intentando ahogar un llanto que ahora ella quería exteriorizar.
-Cariño, no pasa nada -dijo, empezando ahora a llorar sin poder controlarse-, no pasa nada, no pasa nada…
-No pasa nada… -dije yo.Desde fuera se seguían escuchando algunos gritos de mi padre y golpes muy fuertes. Cuando él volvió, lo hizo con una de esas armas tan grandes, y con dos o tres cajas llenas de balas que repiqueteaban al agitar la caja. También volvió con otra pistola más, y un bidón de gasolina.
Mi madre seguía llorando, ya no tan fuerte como antes, y moqueando como una niña pequeña, moqueando como yo lo hacía.
-¿Necesitaremos todo eso? -dijo ella, entre ahogados llantos y lágrimas.
-Sí -respondió mi padre con voz firme y mirada seria-. No dejaré que nadie más vuelva a tocar a mi familia…
Tras un tiempo, añadió:
-Si alguien quiere volver a hacernos daño, tendrá que pagar el precio. Si alguien quiere volver a tocar a esta familia, lo pagará muy caro. Nunca más quiero que nadie intente hacernos daño. No voy a permitir que nos vuelvan a dañar, jamás.
Mi madre lo miró. Le cogió de la mano, y le dijo.
-Amor, estoy contigo…Mi padre giró las llaves del coche, el coche volvió a rugir con fuerza (sin duda le había sentado bien la conducción de mi padre) y nos volvimos a poner en marcha en dirección a Harrisburgh, Pennsylvania. En dirección a la casa de Phillis.Tras varios kilómetros, empezó a oscurecer. Y yo estaba medio dormida en el asiento de atrás. Pasaron unas pocas horas.
El viaje por autopista hubiera terminado ayer por la noche, mientras mi padre me decía: “Shh” en un hotel de carretera, pero por carreteras secundarias, se prolongaba hasta más de mil cien kilómetros desde Nueva York.Me despertó la sirena de un coche de policía, que estaba parado detrás de nosotros. Miré, y nosotros también lo estábamos. Un policía se acercaba hacia nosotros.
– “Oh, no. Más problemas” -pensé yo.-Diga, señor agente -dijo mi padre con toda la calma del mundo, pero sin mirar al policía. Vi como sujetaba la pistola con la mano derecha, escondida en su bolsillo.
-Enséñeme los documentos, por favor -dijo el policía, no como un policía, pues lo dijo sin autoridad, como alguien que te pide un favor.
Mi padre se puso a buscar los papeles del coche un rato, con la pistola todavía en su bolsillo. Era inútil, ese coche seguramente no tenía, y además, si los tenía, seguía siendo robado.
Aunque volvimos a tener mucha suerte.
El policía me miró, yo cerré los ojos antes de que mi viera, fingiendo volver a estar dormida. Sentí como el haz de luz de la linterna del policía me iluminaba la cara. Pero me mantuve firme en mi actuación.
-Tiene usted una hija preciosa -dijo el policía.
Mi padre no respondió y siguió, como yo, firme en su actuación, mi madre en cambio hizo una mueca de asentimiento.
Si él seguía buscando papeles, al final tendría que verse obligado a bajarse del coche, y quién sabe si tener que matar al policía y abandonar su cuerpo en la cuneta.
Si mi padre lo hubiera hecho, aquello se hubiera puesto mucho más complicado aún. Y lo más seguro es que no hubiéramos durado dos días más.
Podía imaginar la escena, mientras cerraba los ojos para parecer dormida.
“Mi padre se bajó del coche, el policía comenzó a registrarlo, y, finalmente, encontró el arma. Él le dio un codazo en la barbilla, el policía se cayó al suelo. Mi padre la cogió a toda velocidad, antes de que el policía reaccionara. Quitó el seguro, y le disparó en el pecho, mientras el otro seguía en el suelo, intentando analizar su situación y reaccionar, la bala sonó muy fuerte saliendo del cañón de la pistola, dio en su pecho, atravesando, seguramente, el corazón de aquel policía, que tenía pinta de ser bondadoso, como Santa Claus.”
Al ver el policía que mi padre no encontraba ningún papel, dijo:
-Oiga, ¿sabe qué? Por esta vez voy a pasarlo por alto. Su hija me recuerda a la mía, ella… mi hija, falleció el año pasado. Pero, por favor, háganme un favor.
Salí de mi alucinación y volví a la realidad.
Mi padre seguía sentado en su asiento, con la mano en la pistola. El policía parado en su puerta. Y mi madre intentando ocultar sus nervios.
-Lo que usted diga, señor agente… -dijo mi padre.
Un leve clac del seguro de la pistola sonó. Él seguía en alerta máxima. No sé si el policía lo escuchó, pero si lo hizo, pasó por alto aquello.
-Cuiden bien de esa pequeña -concluyó.
El policía se marchó, haciendo crujir algunos copos de nieve que estaban sobre la carretera.
“-Como Santa Claus…” -pensé yo.Papá puso el coche en marcha otra vez. Y otra vez ese viejo coche volvió a rugir y ladrar sobre la carretera, vibrando como un perro que tirita de frío.
Hablando de frío. El frío allí era descomunal. Yo seguía con la misma ropa que tenía cuando estaba garabateando en la bolera. Y mis padres lo mismo.

-¡Buuuf! Qué frío hace -dijo Phillis cuando se asomó por la puerta de su casa, esa misma noche.
Detrás de él salió un chico enclenque, un poco mayor que yo. El chico era rubio, y mantenía la cabeza siempre baja y los hombros encorvados. Él, como yo, se había criado aprendiendo por él mismo, sin pedir demasiado, y rodeado de violencia. No creo que Phillis lo hubiera enterrado en amor, como mis padres, pero al menos, lo había mantenido a salvo y con vida. Y eso, ya era mucho para alguien como él.
Phillis era grande, fuerte y llamativo. Con una barba de tres días en su cara y unos dedos como morcillas. Hablaba con una voz grave, pero sin problemas de pronunciación. Se llevaba muy bien con mi padre, sin duda habían sido amigos. Amigos de verdad.
Deduzco que fue Phillis quien ayudó a mis padres a entrar en Estados Unidos, y que tras conocerlos, se había amistado con mi padre.
Yo nunca lo vi, al menos no antes de todo eso. Pero Phillis me cayó bien.
Phillis se acercó, me revolvió el pelo con su gorda mano y me regaló una humilde sonrisa de su cara.
Mi madre tampoco lo había visto antes, pero a ella también le cayó bien.
-Encantado de conocerte -dijo Phillis a mi madre -, llevo años esperando poder verte. Poder verlas a las dos.
Se dio la vuelta y se fue con mi padre.
Él y mi padre entraron en su casa. Su hijo se metió con ellos dos, encerrado en su postura de chico duro por fuera, pero blando por dentro.
Sentí un poco de pena por él. En parte, sabía lo que sentía.

-¿Estás bien? -me dijo mi madre.
-Sí, creo que sí… -dije yo.
-Sé que esto es duro para ti, cariño. Pero, sólo queremos lo mejor. Lo mejor para ti y para nosotros. Y si hace falta luchar para conseguirlo, pues lo haremos. ¿Comprendes?
-Sí -dije yo.
-Eres una niña. Tú, tú deberías estar en la escuela disfrutando de tu infancia, con una vida despreocupada -dijo ella sollozando-, no deberías de vivir nada de esto. Pero, a veces el mundo es así. A veces hay que luchar por las cosas que quieres. No todo es gratis. Cuando tú seas grande, lo entenderás.
-Mamá -dije yo-, lo entiendo. Sé que papá y tú están haciendo esto por el bien de todos. Y sé que soy una niña, pero no quiero que me compadezcan, ni que me sobreprotegan. Me gusta tener una familia, pero me gusta mi familia. Me gustas tú, y me gusta papá. Me gustan las cosas tal y como están. No quiero nada más de lo que ya tengo. Mientras les tenga a mi lado, no necesitaré nada más.
Una lágrima corría por la mejilla de mi madre y yo la veía por el espejo retrovisor.
-Cariño… -dijo ella-, eso es tan bonito… Nosotros también te queremos, te queremos mucho, y nunca te abandonaremos…
-Oh, no llores mamá, por favor… no quería hacerte llorar.
-Oh, no es culpa tuya -dijo ella-, es… es que mamá es así. A veces llora.
Ahora una sonrisa se dibujaba en su cara, las lágrimas seguían corriendo por sus mejilla, pero la sonrisa estaba en su cara, y eso era lo importante.

Al cabo de poco tiempo, mi padre volvió a aparecer junto a Phillis. Ahora llevaba un maletín cuadrado y marrón colgando de su brazo derecho.
Mia padre le dio una palmada a Phillis en el hombro.
-Ahh, eres el único tipo en años al que le entrego el dinero en persona y no por transferencia bancaria -y se rió.
-Sí. Yo soy así, nunca esperes que te lo ponga fácil -y rió con Phillis.
Tras un tiempo más charlando animosamente en esa puerta, los dos se despidieron.
-Adiós -dijo Phillis, levantando la mano y riendo infantil y humildemente.
Mi padre se montó en el coche, dejó el maletín en el asiento trasero, “a buen recaudo, pequeña” dijo. Y volvió a arrancar ese coche.
Más problemas.

El motor ya no rugió ni ladró. Carraspeó muy fuerte, rugió intermitentemente unos momentos y luego cayó.
-¿Qué le pasa ahora? -dijo mi padre.
Un enorme crujido sonó por atrás, mientras mi padre intentaba arrancar el coche. Mi madre extrañada, miró al espejo retrovisor. Una densa nube de negro humo comenzaba a inundar el espejo retrovisor.
-Oh, amor. Creo que el auto se murió… -dijo ella señalando a la parte trasera.
-Aggg ¿En serio? ¡No me jodas!
Salió del coche. Phillis volvió a asomarse por la puerta. Mi padre se acercó a la parte trasera, sólo para comprobar que el tubo de escape estaba descolgado y tocaba el suelo.
-¡Aggg! -dijo mi padre, dándole una patada al aire.

-Tengo un coche, por si necesitas… -dijo Phillis, presentándose como el mesías.

El hijo de Phillis se subió a ese enorme trasto primero. Me sorprendió que pudiera conducirlo. Me sorprendió incluso que pudiera subirse a ese enorme coche.
-Es justo lo que necesitas -dijo Phillis mientras su hijo sacaba de ese enorme garaje a ese monstruo de la carretera.
-Un Knight Conqueror II, canadiense. Motor V8 de seis litros sobre alimentado con turbo compresor. Carlos y yo se lo pusimos este verano. También le instalamos unos nuevos tubos de escape que no se caerán solos, cristales polarizados de 25 mm con malla metálica y, como ese nuevo motor lo requería, un nuevo sistema de refrigeración. Te aseguro que esta cosa aguanta lo que le echen encima.
No entendí nada de lo que dijo Phillis. Sólo entendí lo último que dijo, “…lo que le echen encima”, eso nos vendría bien.
-Y, lo mejor de todo, lo hemos puesto a prueba, y yo llegué hasta 210 por hora. Lento tampoco irás.
-Phillis, ¿cómo puedo agradecerte esto? -dijo mi padre.
-No necesitas darme las gracias, es… tu regalo de cumpleaños. ¿Te parece bien?
Phillis se rió, llevándose una mano al pecho.
-Gracias, Phillis, es uno de los mejores regalos que me han hecho.

Minutos más tarde, estábamos hechos a la autopista, a unos escasos 440 kilómetros hasta la frontera y con un coche que medía cerca de dos metros de alto y cinco de largo.
Un enorme coche negro que aguantaba lo que le echaran encima.

Mi padre comenzó a reír. Ya nada importaba, la frontera estaba en las yema de los dedos. Pronto seríamos libres, completamente libres.
-Amor, amor, ¡amor! Lo conseguímos, ¿has visto? Lo conseguimos -dijo él.
-Lo sé -dijo mi madre riendo levemente.
-¡Ahhhh!¡Sí! Lo conseguímos… -dijo mi padre.

El coche siguió rondando cerca de otras tantas horas más. Algunos coches pasaban cerca de nosotros, y pitaban, levantando el dedo y haciendo fotos al coche.

Pero, entonces, uno de los coches pitó, pitó más, y luego hizo sonar una sirena… una sirena de policía.
-Oh, mierda -dijo mi padre mirando por el espejo retrovisor de su lado-. Nos persiguen. Y son muchos…
Miré a mi espalda. Los cristales no me dejaron ver mucho, pero notaba como las sirenas se multiplicaban y ya contaba cerca de once o doce sirenas.
Mi padre pisó el acelerador, y las sirenas se fueron alejando progresivamente. Pero luego volvieron.
-NO… AHORA NO. ESTAMOS TAN CERCA… -dijo mi padre.
Mi madre estaba muda de la sorpresa.
Volví a mirar a mi espaldas… ¿veinte, venticinco?
Uno de los coches se acercó a la derecha.
-Deténganse. Les habla la policía del estado de Pennsylvania en nombre de los Estados Unidos de América -dijo en inglés alguien a través de un megáfono desde el coche-. Deténganse y no opongan resistencia.
-MIERDA -dijo mi padre-. ¡Cállate!¡Cállate!
El coche se comenzó a desviar hacia la derecha, quedaba poco espacio entre el coche de policía y el muro de la autopista. No reaccionaron a tiempo, y quedaron aplastados entre el coche y el muro.
Sonó un enorme chirrido, algunos golpes de algo chocando contra el asfalto y el coche de policía frenó en seco. Pero no podía salir de la trampa, era arrastrado a más de ciento ochenta por hora por nuestro coche. Chirriaba y saltaban chispas mientras chocaba contra el muro.
Mi padre separó el coche, y el de policía se quedó atrás en el momento, perdiéndose.

El zumbido de un helicóptero comenzó a sonar cerca.
-Está tan cerca… -dijo mi padre.
Comencé a ponerme nerviosa. No comprendía muy bien qué estaba pasando.
Unos fuertes silbidos secos y cortantes comenzaron a sonar. Eran disparos del helicóptero.
Uno impactó en el techo del coche, hizo un agujero en él y la bala se quedó dentro del coche.
Mi padre comenzó a acelerar otra vez, el coche zumbaba tremendamente. Y hacía un ensordecedor ruido que hacía imposible escuchar nada dentro del coche.
Muchas más sirenas comenzaron a sonar a nuestras espaldas.
Los silbidos volvían a cortar el aire. El coche hacía zarandeos violentos de un lado a otro, esquivando coche en la autopista e intentado distraer al tirador del helicóptero.
Dos sirenas aparecieron a la derecha y una a la izquierda.
-¡Deténganse, en nombre de los Estados Unidos de América! -volvió a decir imperiosamente otro coche.
-¿En nombre de los Estados Unidos?¿Qué ha hecho este país por mi?¿Acaso me ha tratado bien, acaso me ha dejado prosperar, acaso me ha respetado? Su puto país no tiene autoridad sobre mi. Su puto país ya me importa una mierda -dijo mi padre-. ¿En nombre de los Estados Unidos de América? En nombre de los ladrones que gobiernan este país. Sólo he robado algo de dinero a esa sucia panda de asquerosos ladrones y corruptos que, quieran o no, gobiernan su país. Sólo eso. Ah, sus calles están sucias, llenas de miseria y corrupción, muerte e inseguridad. ¿Nueva York? Esa puta ciudad donde esconden a los vagabundos en las alcantarillas en esa mierda de fiesta que ustedes llaman “acción de gracias” ¿Gracias? No tengo porque darle las gracias a la mierda. Ustedes no tienen respeto, ni tienen tampoco corazón o una pizca de moralidad. Así que, por favor. ¡Cállense!¡CÁLLENSE!
Mi padre estaba furioso como nunca. Dio un violento volantazo hacia la derecha sin perder velocidad ni control, sonó un metálico carraspeó y se escuchó como los dos coches de la derecha se chocaban y se salían de la autopista.
Volvieron a sonar más silbidos, mi padre dio varias giros bruscos hacia la izquierda. Uno de los disparos del helicóptero entró por el techo del coche de policía a la izquierda. Uno de los dos policías que iba dentro fue alcanzado por la bala. Murió al instante, el coche se llenó de sangre y el conductor perdió el control total de vehículo. Chocó contra el muro de la izquierda y se volvió a perder.
Un cartel que decía: “Canadá: 100 millas” se plantó en la autopista en el momento en que comenzó a sonar, mas cerca que nunca, el zumbido del helicóptero.
Varios disparos de bala habían intentado ya quebrar los cristales del coche, pero habían reventado antes de atravesarlos y sólo habían dejado “arañazos” circulares en él.

Entonces, un enorme y ensordecedor silbido cortó todo el aire. Todo comenzó a revolverse dentro del coche. Los colores lo envolvían todo con frenética violencia. Rojo, naranja, negro…
Todo se volvió velocidad, locura y confusión. Vueltas y más vueltas.

Cuando volví a ser consciente, estaba boca abajo, pendiendo del cinturón de seguridad del coche. Todo era rojo, y el cielo, a punto de amanecer, con un tono anaranjado, se alzaba, al revés, ante mi.
Mi padre estaba en la autopista, plantado de espaldas a mi y al volcado coche y haciendo esfuerzos por mantener el equilibrio, con el arma en sus manos. Un coche de policía se acercaba a lo lejos. Encañonó al coche y disparó dos veces, el cristal se fracturó y el coche se salió de la autopista.
El helicóptero ahora se alzaba ante él, y le iluminaba con un poderoso haz de luz.
-¡Papá! -quise gritar, pero no pude.
Él alzó la vista, y encañonó al helicóptero con su pistola. Estaba dispuesto a morir. Pero si iba hacerlo, sería luchando.
Pero, de repente, un montón de policías, con uniforme rojo, con una negra banda cruzándoles el pecho en diagonal, y con negro sombrero vaquero de ala plana, comenzó a rodear a mi padre y a apuntarle.
-¡Manos arriba, suelte el arma! -dijo uno de esos hombres.
Mi padre obedeció, levantó las manos, y tiró el arma al suelo.
Uno de los hombres se acercó y cogió la pistola, apartándola de mi padre.
El helicóptero dejó de iluminar a mi padre, mientras uno de esos extraños hombres de rojo le hacía señas con las manos. Luego, se marchó.
Observé un poco más, y pude distinguir, a unos pocos metros de mi, una barra de madera que parecía arrancada de cuajo por una tormenta. Era un larga barra con franjas blancas y rojas alternadas en espiral. Y me dí cuenta de que habíamos atravesado la frontera.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s